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sábado, 6 de octubre de 2012
El frío acero.
Desperté de golpe, sudoroso, había tenido una pesadilla. No la recordaba muy bien, pero aún sentía el miedo que había invadido mi cuerpo apenas unos segundos antes. Miré el despertador, eran las tres de la mañana. Tenía sed pero, sin saber muy bien por qué, no me atrevía a levantarme de la cama, tenía la extraña sensación de que alguien me observaba, aunque sabía que era algo imposible, mis padres trabajaban de noche. Me quedé inmóvil en la cama hasta que, al final, decidí ir hasta la cocina venciendo aquella terrible sensación irracional. Abrí la nevera, cogí la botella de agua y bebí un trago. Justo cuando iba a cerrar la puerta del frigorífico, oí un ruido y me sobresalté. No estaba seguro de qué había sido, pero mis sospechas de que pudiese haber alguien en casa se acrecentaron. Sin pensármelo dos veces, corrí hacia el teléfono, pero antes de haber dado dos pasos, alguien me inmovilizó y pude notar el gélido filo de una navaja rozando mi cuello. Intenté forcejear, pero el frío acero se hundía poco a poco en mi piel. Me rendí, no podía hacer nada. Por el rabillo del ojo pude distinguir una figura masculina vestida de negro. Negro. Una venda me impedía ver nada. Impotencia. Una fuerte cuerda se enrolló a mi alrededor. Un nudo se formó en mi garganta y las lágrimas empañaron mis ojos, pero no fui yo quién lloró. Pude oír el llanto de aquel hombre, que lloró durante mucho tiempo. Un huracán de emociones me invadía, ¿qué debía sentir en aquel momento? De pronto, las cuerdas se aflojaron y la venda que tapaba mis ojos cayó al suelo. Vi unos ojos oscuros a través de las aberturas de un pasamontañas. Entonces sucedió algo que jamás habría esperado que sucediera, lo que me confundió aún más. Aquel hombre, que había entrado furtivamente en mi casa y que había estado a punto de asesinarme, comenzó a sincerarse conmigo. Entre sollozos, me contó que él no quería ser un asesino, me dijo que los verdaderos asesinos vestían de traje y trabajaban en grandes edificios, dejando sin casa y sin comida a familias enteras. "Y ellos me convirtieron en lo que soy", me dijo "Tengo cuatro bocas que alimentar, me veo obligado a robar para poder mantener a mi familia". Y me pidió disculpas. Probablemente, nadie en su sano juicio habría hecho lo que hice yo, o quizá sí, quién sabe. En aquel momento, supe claramente lo que sentía, pena. Y fue aquel sentimiento el que me impulsó a apiadarme de aquel hombre. Me di la vuelta para coger la cartera, aquel hombre necesitaba el dinero más que yo. Y fue entonces cuando me di cuenta de lo inocente que era, apenas un instante después de haberme dado la vuelta, sentí cómo el frío y mortal acero se hundía en mi espalda. Todo se volvió negro.

